—Pasa, Natalia.
Dijo su nombre casi sin pensarlo y se apartó para dejarla entrar. Cerró la puerta con cuidado, demasiado quizá, como si el gesto tuviera más importancia de la que realmente tenía.
Nunca sabía muy bien cómo empezar.
Podía hablar durante horas —de guerras antiguas, de ciudades arrasadas, de hombres que ya estaban condenados antes de levantar la espada—, pero en una habitación compartida todo cambiaba. El silencio no era una idea. Estaba ahí. Ocupaba espacio. Se metía entre los dos.
Y él llevaba años sin tener que enfrentarse a eso.
Viajes. Congresos. Aeropuertos que se parecían entre sí. Hoteles donde no hacía falta explicar nada a nadie. Habitaciones correctas, impersonales. Siempre le habían venido bien. Nadie preguntaba cuánto tiempo te quedabas ni por qué te ibas.
Había intentado otra cosa, claro. Una relación larga, intensa, demasiado intensa quizá. Cuando terminó, no quedó solo tristeza. Quedaron grietas. Desde entonces se repetía que lo mejor era la claridad. Acuerdos sin doble fondo. Sin zonas grises que luego crecieran y lo desbordaran.
Las profesionales ofrecían eso. Un marco definido. Se paga, se acuerda, se comparte un tiempo. Nada más.
Al menos en teoría.
Natalia dejó el bolso junto al espejo y miró la habitación con esa rapidez discreta de quien evalúa sin parecer que lo hace. Luego lo miró a él. No había prisa en su forma de moverse, pero tampoco abandono.
Hablaron en voz baja. Del tiempo. Del calor que empezaba a notarse aunque aún fuera temprano. Del paseo que él había mencionado por mensaje. Comentarios pequeños, casi innecesarios, pero que ayudaban a llenar el aire.
—Me gustaría salir a caminar —dijo Héctor, metiendo las manos en los bolsillos y sacándolas enseguida—. Tomar un café en algún sitio tranquilo… y luego volver.
Ella lo sostuvo con la mirada un segundo más de lo habitual, como si calibrara algo.
—¿Hasta mañana?
—Sí. Esa era la idea.
Cuando hablaron del tiempo y del precio no hubo rodeos. Héctor sacó el dinero con un gesto automático, pero al extenderlo sintió un leve tirón interno, algo parecido a pudor. No lo dejó ver. Natalia lo tomó sin ceremonia. Sus dedos se rozaron apenas.
No fue incómodo.
Fue claro.
Salieron al pasillo casi al mismo tiempo. Ella se acercó un poco, lo suficiente para que la distancia dejara de ser neutra. Él notó el cambio y, durante un segundo, no supo dónde poner las manos.
El ascensor llegó con un sonido seco.
Dentro, el espacio era más pequeño de lo que parecía desde fuera. El espejo devolvió una imagen demasiado correcta: dos adultos seguros, bien vestidos, próximos. Héctor apoyó la mano en la pared, cerca del hombro de ella. No la tocaba, pero casi.
Natalia levantó la mirada.
No hizo falta que dijera nada.
Ella dio un paso corto. Él respondió sin pensarlo demasiado. Ahora sí sentía el calor de su cuerpo, real, cercano. Sus manos encontraron la cintura de Natalia con cierta cautela, como comprobando que ese gesto era bienvenido antes de afirmarse. La tela del vestido era más suave de lo que había imaginado.
El beso tardó una fracción de segundo en llegar. Hubo un instante suspendido, un “¿sí?” silencioso. Después, el roce. Suave al principio. Midiéndose. La mano de ella se apoyó en su pecho; notó la presión, el latido demasiado evidente. Pensó que ella debía sentirlo.
El perfume dulce se mezclaba con el aire cerrado del ascensor. Y con algo más difícil de nombrar.
No duró mucho.
Pero fue suficiente.
Cuando las puertas se abrieron en el vestíbulo, se separaron sin brusquedad. Héctor se pasó la mano por el cabello por pura inercia. Ella alisó el vestido con un gesto breve. Nada parecía fuera de lugar, aunque algo se había movido por dentro.
La miró. Esta vez la sonrisa no le salió ensayada.
—Disfrutemos del día.
—Claro —respondió ella.
Le tomó la mano. No como quien repite un hábito antiguo, sino como quien decide algo en ese instante y se mantiene en ello.
Cruzaron el vestíbulo bajo la luz dorada de la mañana sevillana.
Al salir a la calle, el aire tibio les dio de frente, con olor a café recién hecho y a piedra calentándose.
Desde fuera parecían una pareja más.
Y quizá, durante unas horas, eso sería suficiente.
HÉCTOR.

