La tarde se estaba apagando cuando giraron por una calle más estrecha. Sevilla, a esa hora, parecía distinta. Más baja, más cercana. Las voces chocaban contra las paredes encaladas y el aire traía esa mezcla rara de café, azahar y algo tibio que no sabía nombrar.
Héctor llevaba la mano de Natalia entre la suya. No la apretaba. Tampoco la sostenía con firmeza. Simplemente no la soltaba. Y eso ya le resultaba extraño.
Hacía tiempo que no caminaba así con alguien sin calcular el después.
—Es fácil imaginarse viviendo aquí —dijo ella, mirando un balcón lleno de plantas algo descuidadas.
—Hasta que llega agosto y quieres huir —respondió él.
Ella soltó una risa breve, sin impostarla. Eso le gustó.
Entraron en Delatribu casi sin hablarlo, buscando sombra y café. Dentro olía a grano recién molido y a madera vieja. Se sentaron junto a la ventana. Natalia cruzó las piernas despacio, distraída. Héctor bajó la mirada un segundo. Tal vez dos. Cuando volvió a mirarla, ella seguía observándolo.
Pidieron café.
Hablaron de viajes. De ciudades que se te meten dentro sin permiso y de otras que no consiguen decirte nada aunque insistas. Él mencionó Berlín casi como quien menciona una reunión pendiente.
—Estaré cuatro días —dijo, removiendo el café más de lo necesario.
Natalia apoyó el codo en la mesa y lo miró con una atención tranquila, pero prudente. Como si aún estuviera decidiendo cuánto quería implicarse.
Viajar.
Hacía años que no lo hacía con un cliente. Una vez aceptó. Demasiado tiempo compartiendo espacio. Nada dramático, pero lo suficiente para aprender que fuera de la ciudad las reglas se diluyen. Desde entonces, evitaba mezclar.
Héctor no tenía claro por qué lo dijo. Tal vez porque la tarde había sido demasiado fácil. Tal vez porque con ella no sentía esa urgencia torpe de impresionar.
—Podrías venir —soltó, casi con naturalidad—. Si te apetece.
Lo dijo sin ceremonia. Como quien propone otro café.
Ella sostuvo su mirada unos segundos más de lo habitual. No sonrió de inmediato.
Le atraía. Eso era innegable. Le gustaba cómo la tocaba, sin ansiedad. Cómo parecía cómodo en el silencio. Pero viajar no era solo cambiar de ciudad.
—Claro… —respondió al final—. Habría que verlo. Cuadrar fechas.
Práctico. Pero su voz se suavizó un poco al decirlo, y eso lo notó incluso ella.
Héctor asintió. No insistió. Y esa falta de presión alivió algo en el ambiente.
Pagaron y salieron. La noche ya se había instalado con esa luz cálida que estira las sombras. Caminaban sin prisa. Él empezó a acariciar el dorso de su mano con el pulgar, distraído. Natalia lo sintió. Podría haber retirado la mano.
No lo hizo.
No era una promesa. Ni una excepción a nada.
Pero tampoco era puro teatro.
El hotel los recibió con esa calma elegante de los lugares donde todo sucede en voz baja. Cruzaron el vestíbulo sin soltarse. En el ascensor, el silencio ya no era cómodo: era denso.
Cuando las puertas se cerraron, algo cambió.
Héctor dio medio paso, casi impulsivamente. La tomó por la cintura. Dudó una fracción mínima de segundo —lo justo para comprobar que ella no retrocedía— y entonces la levantó. Natalia soltó una exhalación sorprendida que se convirtió en una sonrisa apenas antes de que él la besara.
El beso no fue delicado.
Fue esperado.
Largo, pero con pequeños tropiezos, como si ambos estuvieran reajustando la intensidad que habían contenido toda la tarde. Ella rodeó su cuello con los brazos, acercándose más. Él la sostuvo con firmeza, notando el peso real de su cuerpo, el calor bajo la tela.
La espalda de Natalia tocó el espejo. El leve golpe los hizo sonreír contra la boca del otro, apenas un segundo. Después el beso volvió, más profundo, menos cuidadoso.
La mano de Héctor descendió por su muslo con lentitud. No había prisa, pero sí una decisión clara. Natalia respondió acercándose más, dejando que su cuerpo hablara antes que cualquier palabra.
El espacio reducido amplificaba todo: la respiración, el roce de la ropa, el sonido mínimo de un suspiro contenido.
Primera planta.
Tercera.
El mundo parecía suspendido en esa cabina pequeña.
Cuando el ascensor se detuvo en la quinta, el leve temblor los obligó a separarse. No del todo. Solo lo suficiente para mirarse, todavía cerca.
Sus labios permanecieron a centímetros. Él la bajó despacio, como si no quisiera romper del todo lo que acababa de empezar. Natalia acomodó el vestido con un gesto rápido. El pulso le latía en el cuello, visible.
Las puertas se abrieron.
Salieron al pasillo con una calma casi estudiada.
Pero la noche, definitivamente, ya había cambiado.
Héctor

